-Apenas hablé con él cuando me lo presentaron, es más, no sé si se acordará de mí – dijo Bernard.

-Seguro que le recuerda – le tranquilizó Calixto – tiene buena memoria y no olvida fácilmente una cara.

-Tendremos que buscar primero un lugar dónde dormir – propuso Bernard.

-De ninguna manera, iremos a la encomienda. Dispone de varios cuartos para invitados; además, si no lo hacemos así, sé que Simón se molestará.

Como le había dicho Calixto, Simón, nada más ver a Bernard fue a su encuentro y le saludó con efusividad como si fueran viejos amigos.

-Te esperaba algo antes – dijo Simón – creía que tu visita se produciría después de nuestro encuentro.

-He tenido que hacer antes algunas cosas, organizar el resto de las visitas a las encomiendas del oeste, y me ha llevado varios días prepararlo todo.

-Pues si quieres, me comentas lo que tengo que hacer, desde que nos dijo el maestre que debíamos cumplir lo que nos pidieses al pie de la letra, estoy algo intrigado pensando de qué se trata.

Bernard se sentó en una estancia con Simón y le fue detallando el motivo de su visita siguiendo las instrucciones que le había dado el maestre. Mientras, Calixto se encargaba de que atendieran a los caballos y llevaran sus pertenencias a los cuartos que les habían asignado.

Simón, después de escuchar atentamente lo que Bernard le estaba contando, sin decir ni una palabra, iba asintiendo con la cabeza hasta que dejo de hablar.

-Como dijo el maestre, son sus órdenes y jamás he cuestionado una orden de un superior, solo las cumplo. Esta noche cuadraré los libros para que los vea mañana y dispondré todo para que se haga como deseas. Creo que dispongo del mejor sitio en el que nadie encontrará nunca lo que guardemos.

-Pues mañana, cuando lo tengas preparado y podamos hacerlo con discreción, lo ocultaremos – dijo Bernard.

-Te quedarás unos días – preguntó el preceptor

-Calixto se ha ofrecido a enseñarme la ciudad y estoy pensando quedarme uno o dos días.

-Es una buena idea – afirmó Simón – además, vas a contar con la persona que mejor te puede enseñar todos los rincones que tiene la ciudad.

Cuando Calixto bajó del cuarto se fueron al comedor a cenar y los tres hablaron de los sitios que podría ver durante los días que estuviera allí.

Como le había dicho Simón, el lugar en el que había pensado para ocultar los saquitos de cuero en los que había guardado las monedas era un sitio que pasaría inadvertido, estaba en un doble fondo que había en uno de los muros de la encomienda, en la gran chimenea de piedra que se encontraba casi siempre encendida; nadie podría sospechar que detrás de aquellas brasas pudiera haber alguna cosa oculta.

Calixto tenía razón, los asados que hacían en esta tierra eran los mejores que había probado nunca. Casi todas las casas importantes y las tabernas de la ciudad disponían de unos hornos de barro en los que introducían madera de pino y de encina, cuando prendían y soltaban fuertes llamas, éstas calentaban el barro que absorbía todo el calor que se producía; luego, cuando la llama remitía, introducían una cazuela de barro con lo que deseaban asar y dejaban que lentamente el calor que se había adherido al barro fuera asando lo que habían introducido en aquel horno.