Pablo, el preceptor, se acordaba de Bernard por la cena que tuvieron en Ponferrada, en la cual estuvieron casi juntos en la mesa y de la posterior reunión privada que tuvieron en el cuarto, donde el maestre les reveló que Bernard era un compañero suyo de la Orden.

-Encantado de volver a verle – dijo Pablo.

-Lo mismo le digo – respondió Bernard.

-¿Ha tenido buen viaje? – se interesó el preceptor.

-Sí, esta tierra es muy llana y desde que salí de León las dificultades que he tenido han sido mínimas.

-Le esperaba hace una semana, le tengo una habitación preparada para que descanse los días que se quede aquí- dijo Pablo.

-Espero mañana retomar mi camino ya que aún me quedan por visitar varias encomiendas – dijo Bernard – Además, me espera un largo viaje para llegar a Medina del Campo.

Bernard le dio todo tipo de detalles de lo que se proponía hacer y Pablo le dijo que después de cenar se fuera a descansar, él se encargaría de tenerlo todo preparado para que por la mañana pudieran cumplir lo que Bernard había venido a hacer.

A la mañana siguiente, antes de almorzar ya habían realizado su trabajo y Bernard se despidió de Pablo, esperando verse de nuevo cuando éste fuera a la fortaleza de Ponferrada.

Debía regresar hasta Salamanca y desde allí dirigirse hacia el este hasta que llegara a su siguiente destino: Medina del Campo.

Fue pasando por amplias fincas en las que pastaban los animales. Había ganado vacuno, ovino y porcino que en los momentos en los que el calor apretaba más fuerte, se refugiaban a la sombra que los alcornoques y las encinas les ofrecían.

No quiso detenerse en la encomienda de Salamanca y como llegó a la ciudad por la tarde, continuó unas horas más hasta que antes de anochecer encontró una posada en la que se alojó. Temía que si se paraba en la ciudad, Alfonso le convenciera para quedarse algún día más y él no supiera decirle que no.

Estaba recorriendo una tierra en la que predominaba el viñedo y el cultivo del cereal, por lo que siguió encontrándose a muchos agricultores en el campo que seguían extrayendo de la tierra lo que ésta producía.

Casi una semana después de haber salido de Ciudad Rodrigo, llegaba hasta Medina del Campo que se encontraba a los pies de un sobrio castillo levantado con piedra y ladrillo.

El preceptor Juan era otra de las personas que Bernard conocía de la reunión que mantuvieron en la fortaleza de Ponferrada y se alegró de verle de nuevo.

-Le doy la bienvenida a esta encomienda – dijo Juan.

-Muchas gracias amigo, llevo varias jornadas de viaje y sin hablar casi con nadie desde que salí de Ciudad Rodrigo.

-Pues lo mejor es que descanse un rato, aséese si lo desea y luego le acompaño a un cuarto que he dispuesto para usted. Cuando haya descansado podremos hablar con calma ya que la mayoría de los criados se habrán ido a sus casas y el trajín en la encomienda disminuye de una forma considerable.

Bernard agradeció poder ponerse ropa limpia y descansar en una confortable cama, aunque no se pudo dormir, se quedó pensando en lo que ya había hecho y lo que todavía le quedaba por hacer. Aunque tenía menos encomiendas que visitar, el trayecto que debía recorrer era similar al que llevaba desde que había salido de León.