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-Va a ser inútil – dijo Roberto – creo que está todo perdido, es mejor que tú también te pongas a salvo.

            -Volveré, no podría seguir viviendo con la cabeza alta sabiendo la suerte que han corrido mis amigos.

            -Todos los brazos son necesarios en estos momentos – afirmó Roberto.

            Salió sin perder un instante de la fortaleza para dirigirse de nuevo hasta la finca en la que se encontraban sus seres queridos.

            Todos se extrañaron al verle llegar, no le esperaban tan pronto, por eso, ya se temían lo peor.

            Se reunió con su padre y con Bernard, también llamó a su mujer para que conociera de su boca las noticias que traía de la fortaleza. Según les iba poniendo al corriente de lo que había visto nada más llegar, el gesto de todos se fue tornando grave, eran conscientes de la situación crítica por la que estaban pasando y sabían que ya nada volvería a ser igual desde ese momento.

            Informó de la última orden que Roberto le había dado, Bernard enseguida comprendió lo que el maestre pretendía y dónde le decía que debía ir a ocultarse. Solo ellos estaban al corriente de ciertos secretos que Bernard no había contado nunca a nadie y en un momento de necesidad se lo confiaría a Roberto.

            -Y tú, ¿qué vas a hacer? – preguntó Sancho a su hijo.

            -Debo regresar, aunque todo esté perdido, mi honor no me permitiría ocultarme mientras nuestros hombres luchan por una causa que ya carece de futuro.

            -Ve y haz honor a nuestro apellido – dijo Sancho pensando que su hijo jamás regresaría.

            También Elvira trató de contener las lágrimas inútilmente, era consciente del destino que su marido había decidido y a pesar de los abrazos que éste le dio, no consiguió consolarla.

            No había tiempo que perder, Rodrigo y Bernard se dispusieron a ir en busca de su destino, mientras en la finca se quedaban Sancho y Elvira lamentando ese triste momento en el que vieron partir a sus seres queridos temiendo que ya no volverían a verles.

            Los dos hombres cuando llegaron a la ciudad se despidieron con un efusivo abrazo que estaba cargado de buenos deseos, de agradecimiento y de muchas cosas más. Ahora cada uno seguiría un camino distinto, pero sabiendo que lo que hicieran a partir de este momento iba a cambiar sus vidas de una forma muy sustancial.


El Secreto mejor guardado – Capítulo XXXV a