-Para pasar de incognito, me gustaría llevar los hábitos como el resto de los hermanos, ¿crees que sería posible? – preguntó el recién llegado.

-Creo que será lo mejor, de esa forma ninguno se sentirá incómodo, ni tú por estar entre los monjes pareciendo diferente, ni ellos, que de esa forma te verán como uno más.

Cuando terminaron de comer, Bernard fue donde Ramiro se encontraba y enseguida el pequeño comenzó a jugar con él. Ramiro le llevó hasta el taller donde hacía su trabajo y pudo comprobar cómo las nociones que un día dio a su ayudante las había sabido captar con un resultado que le estaba impresionando. Las tallas que estaba elaborando para la iglesia eran sobrias pero soberbias, había sabido captar expresiones que parecían dar vida a la inerte madera.

Estuvo varios días descansando, hasta que se encontró completamente recuperado y cuando ya se sintió mejor, comenzó a ir todos los días con Ramiro al taller. Ahora lo hacía con la humildad del maestro que se ha visto superado por el alumno, pero él lo deseaba así, sería el ayudante de Ramiro, se encargaría de buscar las maderas en el bosque y cuando pensaban en un nuevo trabajo, era Bernard quien lo desbrozada hasta que dejaba que las manos de Ramiro fueran las que modelasen los perfiles definitivos de cada talla.

Como el cuarto en el que se encontraba Bernard era uno de los más amplios del monasterio, acordaron, con el visto bueno del prior, que Ramiro y el pequeño se alojaran en él, de esa forma pasaría la mayor parte del tiempo junto a su pequeño.

Al vestir con los hábitos como el resto de los monjes, el pequeño enseguida le identificó como uno de ellos, ahora ya no era aquel señor extraño que un día llegó al monasterio y que vestía con unas ropas como los peregrinos que cada día se alojaban allí.

Un día a la semana se iba con el pequeño a buscar madera hasta el bosque. Disfrutaba con esos momentos en los que los dos se encontraban solos. El pequeño se había acostumbrado tanto a su nuevo amigo, que a veces pasaba con él más tiempo que con Ramiro y Bernard observaba como cada día que transcurría los avances que hacía el pequeño eran más asombrosos.

Era Bernard quien se encargaba de llevar al pequeño con los hermanos con los que iba aprendiendo todos los oficios que se hacían en el monasterio. Donde más tiempo se pasaba era en el establo de los animales, sobre todo cuando estos tenían crías, era Ramirín quien las cuidaba y las alimentaba y curiosamente con él los animales se mostraban más tranquilos que con el resto de los cuidadores.

Fue observando cómo para casi todos los monjes el pequeño era como ese hijo que no tenían. Todos se afanaban por enseñarle lo que ellos sabían y estaban esperando cada día que se incorporara a los quehaceres que estaban realizando ya que con el pequeño a su lado los hermanos trabajaban más a gusto y las horas se les pasaban casi sin darse cuenta.

Un día, cuando fueron al bosque, subieron hasta lo alto del puerto, deseaban coger algunas maderas que había en esa zona y cuando llegaron al lugar en el que el pequeño vio la primera luz, Bernard estuvo tentado de contarle la historia de su nacimiento y hablarle de su madre; pero se contuvo, pensó que todavía no era el momento en el que pudiera abrir su corazón a su pequeño, contándole las cosas que seguramente le harían llorar mientras lo hacía y seguro que el pequeño no estaba preparado para comprenderlas.