De vez en cuando, cuando algún peregrino llegaba al monasterio de regreso de su peregrinación, Bernard se iba a hablar con ellos, deseaba saber las noticias que había de Ponferrada y quién sabe, quizá alguno pudiera darle noticias de los buenos amigos que tuvo que dejar allí.

Algunos le hablaban de generalidades sobre los sucesos que él ya conocía, pero ninguna de las personas con las que habló pudo darle información de aquellos que esperaba ansioso tener noticias para ver la suerte que habían corrido.

Fueron varios los que le confirmaron la muerte del maestre, pero nadie le dijo nada de Rodrigo ni de su padre Sancho, temía que hubieran corrido la misma suerte que Roberto.

Fueron pasando los días, las semanas, los meses y Bernard se encontraba muy bien en el monasterio, estaba muy relajado y por momentos se había olvidado de todo lo que le había acontecido meses atrás. Él trataba de no recordarlo, pero a veces su mente le jugaba malas pasadas y le recordaba que él había sido elegido para una misión y que debía completarla. Disponía de una información que era muy importante y seguro que un día tendría que dar cuenta de ella.

Algunas veces temió que, si desaparecía, la información que guardaba se iría con él a la tumba y aunque no le importaba el poder del secreto que tenía, sabía que no era suyo, que un día sería necesaria para quienes trataran de reactivar la Orden y no quería que ésta desapareciera.

Decidió que tenía que poner en pergaminos toda la información y ser el custodio de ella. En caso que no se la reclamaran nunca, trataría que ésta estuviera segura y aquel que la buscara y supiera cómo hacerlo, llegase al secreto que le había sido conferido.

Decidió comenzar a transcribir toda la información que se encontraba en su cabeza o en las notas que había ido tomando y solo él sabía descifrarla. Lo más seguro era buscar algún código que fuera el que descifrara todo lo que pensaba ir reflejando en los pergaminos; luego, una vez que tuviera todo transcrito, lo escondería en un lugar seguro y solo a una persona de su confianza le daría esta información.

La seguridad tenía que ser completa, pues si los documentos caían en manos extrañas, si no sabían descifrarlos, no podrían llegar a los escondites que había asignado para los bienes de la Orden.

Solo faltaba encontrar ese código que le permitiera detallar toda la información de las encomiendas y sabía que no iba a resultar fácil, pero disponía de mucho tiempo, de todo el tiempo del mundo, era consciente que en un momento le vendría la inspiración y daría con la clave de lo que estaba en su mente porque ahora se dedicaría a pensar en ello todos los días.

La labor del taller se fue incrementando y cada mes era frecuente que saliera de allí una nueva obra para decorar las instalaciones del recinto.

Los dos hombres disfrutaban con lo que estaban haciendo y en ocasiones, cuando estaban enfrascados en una talla, las horas se les pasaban sin darse cuenta, incluso a veces no asistían a alguna de las comidas o actos a los que todos los monjes estaban obligados a asistir; en más de una ocasión se veía a Bernard en el taller a altas horas de la noche trabajando mientras el resto de los monjes dormían.

También, cuando llegaba algún peregrino de su país, le gustaba conversar con él para informarse de la situación en la que estaban sus compatriotas, rara vez le contaban algo interesante, pero en una ocasión estuvo con una familia que eran de su misma región y llegaron a conocer a su amigo el Gran Maestre.