Bernard dejó que estos hablaran sin mostrar mucho interés para no delatarse y de esa forma supo como los bienes de la familia del Gran Maestre se habían dilapidado repartiéndose sus propiedades entre aquellos que un día fueron los que le traicionaron.

En ocasiones Rodrigo acudía a Bernard para que le aconsejara en determinados temas que afectaban a la política del monasterio. Confiaba en el buen criterio y en el análisis de las cosas que Bernard solía hacer, en más de una ocasión cambió de idea sobre lo que previamente había pensado y se dio cuenta que había sido un acierto dejarse aconsejar por quien era ya un buen amigo.

Una vez a la semana, Bernard solía ir a comer a la casa de Isabel, disfrutaba mucho con ella y también le agradaba la comida que preparaba. La anciana estaba deseando ver al pequeño y ya sus piernas no la permitían hacer el trayecto que había desde su casa hasta el monasterio, por eso Bernard iba con el pequeño y se pasaban con ella la mayor parte del día.

Fue conociendo a los hijos de Isabel, así entabló una buena amistad con el que se dedicaba a la compra y venta de ganado. En varias ocasiones quiso comprarle la yegua que le había regalado Sancho, nada más verla le pareció un magnifico ejemplar y estaba seguro que haría un buen negocio con él, pero cuando Bernard le habló de su procedencia y lo que sentía por ese regalo y por la persona que se lo dio, ya no insistió más.

A lo que sí accedió fue a cruzarlo con uno de los pura sangre que éste también tenía para obtener unos ejemplares que siguieran mejorando la raza, la primera cría que obtuvieron fue un regalo para el pequeño Ramirín, que desde que se lo dieron se pasaba buena parte del día al cuidado del animal en las cuadras del monasterio.

Bernard comenzó a pasar largas horas con los hermanos que estaban en el scriptorium, fue aprendiendo las técnicas para elaborar pergaminos porque iba a necesitar muchos para transcribir toda la información que solo él conocía y debía dejar escrita para cuando fuera necesaria.

También con Ramiro fue seleccionando los pigmentos para la escritura, fue haciendo mezclas hasta que consiguió lo que él estaba buscando y le permitiría recoger todo lo que tenía en su cabeza.

Fin del capítulo XXXVIII