—Pues va a ser una buena compañía —dijo Michael —le nombraremos cazador oficial del grupo y él será el que tenga la misión de proveernos de carne fresca cada día o cuando pueda.

El joven sonrió ruborizándose un poco, no estaba acostumbrado a tantas alabanzas, pero no dijo nada, permanecía casi siempre en silencio y le gustaba escuchar lo que decían los mayores.

Cuando terminaron de cenar se tumbaron contemplando las estrellas, que al no haber ninguna nube, resplandecían radiantes en el universo.

—Esa que brilla tanto es Orión —dijo Bernard señalando una estrella que sobresalía sobre las demás – y esas que están ahí forman la Osa Mayor, si nos guiamos por las estrellas, solo con seguir esa constelación, también podemos llegar a Santiago. Por el día es el sol el que nos marca el camino y durante la noche lo hacen las estrellas, no os parece algo maravilloso y grandioso.

Todos asintieron con la cabeza, mientras contemplaban la majestuosidad del firmamento, Jean hacía que una dulce y triste melodía saliera por los orificios que iba dejando libres en su flauta de caña.

—Eso es muy bonito —le dijo Marie —tocas muy bien la flauta.

—Gracias señora —dijo el joven.

También percibió una voz que resultaba muy agradable y así se lo dijo, notando como de nuevo el rubor brotaba en el rostro del joven.

Ahora los ocho viajaban de forma despreocupada, la armonía que se había creado en el grupo permitía que las bromas fueran continuas, sobre todo los dos peregrinos, que se mostraban eufóricos en cada una de las ocurrencias que tenían.

Cuando se encontraban descendiendo un fuerte desnivel, la mula de Bernard dio un mal paso y cayó rodando por la pendiente, el animal arrastró a Bernard en su caída hasta el fondo del pequeño barranco, por lo cual sus compañeros pensaron que ambos estaban muertos.  Los hombres descendieron de sus cabalgaduras y corrieron hacia dónde se encontraban, también lo hizo Marie, que iba temiéndose lo peor. Cuando llegaron cerca de Bernard comprobaron que éste se movía y trataba de incorporarse, únicamente se encontraba algo aturdido, se palpó todo el cuerpo y vio que no tenía nada roto, con bastante dolor se incorporó y fue hasta donde se encontraba el animal. La mula estaba estirada en el suelo y tirando de ella consiguió que se incorporara; pero en la caída una rama había rasgado su estomago con una profunda herida.

—Si no le curamos, acabará por abrirse más la herida y comenzarán a salir las vísceras. Necesito una aguja e hilo —dijo Michael.

—Yo tengo —dijo Marie mientras se acercaba a uno de los baúles del cual sacó una pequeña cesta de costura.

—Tenéis que ayudarme sujetando al animal, le va a molestar y tratará de cocear.

Le ataron a un árbol y le inmovilizaron como pudieron, mientras Michael cerraba la herida entre las quejas del animal, que trataba de liberarse cada vez que sentía como la aguja penetraba en su carne.

—Esto es provisional —dijo Michael —es necesario que le vea un veterinario para que cauterice bien la herida, además; el animal en las condiciones que se encuentra no puede seguir caminando.

—Pues en el primer sitio que podamos compramos una mula nueva y dejamos esta allí; si no podemos comprar ninguna, la dejaremos en Vichy, donde llegaremos mañana, pues tengo que quedarme unos días para solucionar unos asuntos.

Unas horas más tarde llegaron a una granja y Michael se encargó de cerrar un buen trato con el campesino, le dejó la mula y unas monedas a cambio de otra más fresca y robusta.

Bernard se encontraba muy magullado, le dolía todo el cuerpo, por lo que esa noche en lugar de dormir con el resto de sus compañeros sobre el suelo fue con Marie a una posada. Como era el último día que estarían juntos, les invitó a cenar unos suculentos patos asados que el posadero les preparó en el horno.