Aquello estaba resultando un poco difícil para Bernard, llevaba dos horas rezando y sentía como las tripas comenzaban a protestar ya que no había ingerido nada sólido desde que se había levantado.

Cuando comprobó que se dirigían al refectorio se alegró de poder calmar las protestas de su estómago. Sobre la mesa había leche caliente y una hogaza de pan recién hecho que le supieron a gloria, esa mañana la lectura del monje que amenizaba las comidas le sonó a música celestial y comenzó a comprender el sacrificio de estos monjes y el esfuerzo que hacían para vivir pues no era nada cómoda la vida que llevaban.

A las ocho cada uno se dirigió a su lugar de trabajo y Bernard se iba fijando en las caras felices y sonrientes de todos cuantos iba viendo en su quehacer diario.

—Bueno, ya lleva un día completo —dijo el abad acercándose a donde Bernard se encontraba – ¿Qué le parece nuestro estilo de vida?

—No cabe duda que es duro, pero parece muy gratificante y me gusta.

—Para nosotros es muy reconfortante porque todo lo que tenemos lo producimos o lo elaboramos con nuestras manos. Por cierto, me ha comentado el hermano Gerard que tiene en su celda unas tallas de madera. Me gustaría verlas.

—Si quiere vamos y se las muestro.

Subieron hasta la celda de Bernard, el ayudante caminaba silencioso detrás de ellos y cuando entraron en la celda, él se quedó en el pasillo.

—Un peregrino me regaló una navaja y me enseñó como trabajar la madera.

—Este rostro, aunque no está terminado, es muy bueno y creo que tiene calidad.

—Me falta muy poco para terminarlo, solo suavizar un poco las formas y quizá aplicarle algún pigmento para darle algo de color. Es la imagen que he tratado de reproducir de mi esposa.

—Podría pasar por una virgen, es muy hermosa —dijo el abad. Y usted decía que no tenía habilidades, creo que si lo desea puede encargarse de restaurar algunas imágenes que tenemos en el monasterio y estaría muy bien que fuera haciendo nuevas tallas que falta hacen en algunos lugares. Le proporcionaremos la madera que desee, puede ir al bosque y coger lo que necesite.

—No lo había pensado —dijo Bernard —pero sí que podría perfeccionar la talla y así voy haciendo algo útil que me ayude a pasar el tiempo.

—Desde ahora en adelante será el maestro encargado de las tallas, de mantener las que tenemos y de hacer algunas nuevas. Como maestro que es, puede buscar un ayudante.

—¿Querrá serlo Gerard?

—Pregúnteselo, creo que por la cara que ha puesto, estará encantado de hacerlo.

—Por fin aprenderé un oficio —dijo el ayudante —será un honor para mí ayudarle y aprender de usted.

—Bueno, tampoco exageremos —dijo Bernard —el primero que tiene que aprender soy yo.

—Usted —dijo el abad —tiene madera y nunca mejor dicho, su habilidad destaca porque en ella hay algo de genialidad.