—Y no quiere usted ver primero el trabajo y darle el visto bueno.

—Verás —dijo el abad —soy el responsable de esta comunidad, pero formo parte de la comunidad y tu trabajo va a ser para que lo contemplemos todos, no deseo tener el privilegio de verlo antes que ninguno de mis hermanos.

—Como usted desee, si esa es su voluntad, lo mostraremos después de la eucaristía.

Algunos monjes se extrañaron de ver a Bernard en la capilla, aunque la mayoría sabían el motivo por el que estaba allí, unos porque se habían enterado de la noticia de que se iba a descubrir la imagen de la virgen y otros se lo imaginaron al ver la talla cubierta con el paño.

—Hermanos —dijo el abad —el hermano Bernard nos va a enseñar el resultado de su trabajo. Cuando quiera hermano.

—Bueno —dijo Bernard —como sabéis es el trabajo de Gerard y el mío, he contado con un magnífico ayudante que aprende muy deprisa y en algunas cosas, como en el tratamiento de los pigmentos, es ya más avanzado que el maestro, por eso quiero que sea él quien descubra la talla.

Gerard no se esperaba aquel honor y titubeo antes de dirigirse al pedestal donde se encontraba la escultura; cogiendo el paño por uno de sus extremos fue tirando suavemente de él hasta que la talla quedó a la vista de todos.

Un sonido de admiración inundó la estancia, algunos monjes se arrodillaban y otros se santiguaban como si en realidad se encontraran en la presencia de la Madre de Dios. El rostro irradiaba brillo y luz, había conseguido una expresión que daba la impresión que de un momento a otro comenzaría a hablar. Llevaba una túnica azul con algunos pliegues en el lugar donde se encontraba la mano izquierda de la talla.

—Hermano —dijo el abad —creo que la expresión que hemos hecho todos es el reflejo de la sorpresa que nos ha causado tu obra, es única y a todos nos ha asombrado, creo que tienes un talento especial que desconocías y si sigues haciendo obras como ésta conseguirás pervivir en el tiempo.

—Gracias hermanos, espero que si un día tengo que marcharme de aquí, cada vez que veáis la imagen os acordéis de este hombre al que un día disteis acogida y hospitalidad.

Según iban saliendo los monjes en dirección al refectorio, todos fueron felicitando a Bernard, la mayoría de ellos le dio un abrazo en el que transmitían todo lo que sentían en esos momentos y eran incapaces de decir con palabras y mientras lo hacían, algunos dejaban que una lágrima se escurriera por sus mejillas.

En esta ocasión el maestro bodeguero hizo una excepción a la norma y le llevó al taller una botella de ese licor que sabía que tanto le gustaba al hermano escultor, que era como ahora llamaban a Bernard.

El abad, esa tarde durante la hora de la confraternización, se  fue hasta el taller de Bernard, quería agradecerle su trabajo y darle su impresión sobre la talla.

—Nunca he visto un rostro tan expresivo y tan bello.

—Como se imagina, he tenido una buena modelo, la imagen de mi mujer me ha ayudado a poner cada gesto y cada rasgo sobre la frialdad de la madera consiguiendo algo hermoso.

—Muy hermoso —afirmó el abad —sinceramente me ha impresionado. Ahora sí que me gustaría ver en lo que está trabajando.