Divisaron una gran comitiva de al menos treinta personas. La mayoría iban montados encima de asnos y Bernard pensó que era un grupo lo suficiente numeroso para que dos más pasaran desapercibidos, por lo que azuzó a los animales hasta llegar a su altura y unirse a ellos.

No era lo que él pensaba, se trataba de un grupo de sacerdotes y monjes de los pueblos de los alrededores que habían sido convocados a una reunión con el Obispo de Lyón, estaría también el Cardenal y esperaban recibir nuevas instrucciones sobre dogmas y nuevas recomendaciones de los dirigentes de la iglesia.

Pensó pasar de largo pues su objetivo de pasar desapercibido no iba a ser posible porque la falta de hábito y el género de su esposa les delatarían, les dejaría atrás en la primera ocasión que se le presentara.

               —Mirar unos peregrinos —dijo uno de los curas.

               —Pues ha venido a unirse al mejor grupo, si sois hombres de Dios, estáis de suerte porque estáis entre sus representantes en la tierra.

               —Somos peregrinos que vamos a postrarnos ante la tumba del Apóstol —dijo Bernard.

               —Pues hasta Lyón seremos tus guardianes de la fe —contestó uno que parecía el más gracioso.

               —No queremos molestar —dijo Marie —igual nuestra presencia les puede alterar su viaje.

               —De ninguna manera —respondió el primero —será para nosotros un placer caminar en tan grata compañía.

Cuando llegó la hora de la comida, al ver que nadie se detenía, Bernard se dirigió a uno de los monjes para preguntarles cuando se pararían.

               —No queremos perder tiempo parándonos y preparando comida —dijo —nos esperan en el monasterio donde nos tienen preparado el avituallamiento y cuando celebremos la misa, podremos descansar en las celdas que nos tienen preparadas.

               —Pero no contarán con nosotros —dijo Bernard tratando de apartarse del grupo.

               —No hay ningún problema, el monasterio es grande y hay sitio para todos y si no lo hubiera, dos peregrinos tienen siempre preferencia sobre los demás, o sea, que vuestro aposento está garantizado.

Cuando llegaron les condujeron de inmediato al refectorio, mientras los monjes se hacían cargo de los animales que llevaban los recién llegados. La comida fue muy ligera, como los habitantes del lugar solían hacer, eran verduras cocidas cogidas de la huerta que había en la parte trasera del monasterio.

El prior les informó que tenían las celdas a su disposición, uno de los hermanos les acompañaría para que supieran localizarlas.

A las siete comenzarían las vísperas, después se rezaría el rosario y antes de la cena en el refectorio tendrían lugar las letanías. Tras la cena escucharían las completas y podrían ir a descansar. A las seis, un monje les llamaría para que se levantaran y pudieran subir al coro para los laúdes y maitines, cuando amaneciera podían desayunar antes de marcharse.

Bernard comentó a uno de los curas las molestias que tenía por la caída de la mula y se excusó diciendo que él y su esposa se quedarían en la celda que les asignaran descansando ya que era lo que más necesitaban.

Desde la celda escucharon los rezos de la comunidad, se alegró de haber podido evadirse de aquellas obligaciones pues nunca había sido partidario de la vida monástica y el descanso era lo que más necesitaba.

Aunque extrañaron el duro catre sobre el que tenían que dormir, el cansancio pronto les hizo que cayeran en los brazos de Morfeo, hasta que, cuando se encontraban más a gusto, oyeron el chirriante tintineo de una campanilla que les anunciaba que tenían que levantarse y reunirse con el resto de los viajeros.

Después de los maitines volvieron al refectorio, donde tenían un cuenco de leche caliente procedente de las dos vacas que había en el monasterio. En silencio absoluto tomaron el primer alimento del día y fueron hasta la capilla donde los sacerdotes concelebraron una misa muy concurrida.

Algunos monjes se unieron al grupo que se dirigía a la ciudad y se despidieron del resto que comenzaron sus labores diarias, cada uno se fue al lugar que tenía asignado para hacer la labor que les correspondía.

               —Anoche os perdisteis las vísperas, las letanías y las completas —dijo uno de los curas al matrimonio.