—Lo lamentamos —comentó Marie —pero es que mi marido no se encontraba muy bien y como nos quedan todavía muchos días de camino no queremos arriesgarnos a tener que abandonarlo por los problemas físicos que le han surgido.

               —Lo comprendo hija, lo primero es poder cumplir la peregrinación en la que os habéis embarcado.

Los monjes y los curas según iban caminando entonaban algunos cánticos y aleluyas en latín ante el asombro de los campesinos que estaban trabajando en el campo. Se les veía felices y dichosos, se pasaron gran parte de la mañana entonando melodías y cuando Bernard cerraba los ojos le daba la impresión que no había salido del monasterio.

Como se temía, dos kilómetros antes de la entrada en la ciudad, había un gran control de guardias que retenían a todos los que trataban de acceder a ella y revisaban las mercancías que algunos aldeanos llevaban para vender en la plaza.

Cuando el primer religioso llegó al control, uno de los guardias le hizo señas para que pasaran por uno de los lados del control y todos le siguieron sin el menor contratiempo, los guardias ignoraron al numeroso grupo y siguieron revisando a los que accedían a la ciudad.

Cuando llegaron a una de las puertas de entrada a Lyón, Bernard se despidió de los religiosos agradeciendo su compañía y la hospitalidad que le habían dispensado, tomó un camino diferente, ellos se dirigían hacia la colina donde se encuentra la nueva obra de la ciudad dedicada a Nuestra Señora y Bernard se dirigió hacia la basílica de San Martín de Ainay donde estaba la encomienda de la orden.

Detuvo las caballerías a la entrada del templo y las dejó a cargo de Marie, mientras, él penetró en el interior buscando al preceptor. Un cura joven le dijo que el padre Antoine se encontraba en una reunión que había en Notre Dame, donde habían sido convocados por el Obispo y que no llegaría hasta última hora de la tarde.

               —Dónde podemos alojarnos —preguntó Bernard al joven sacerdote.

               —En la posada de Gerard que está en la misma calle. Tienen habitaciones para huéspedes y ellos se pueden encargar también de los animales, los llevan a una cuadra que tienen en las afueras de la ciudad.

               —Pues iremos allí. Le dice al padre Antoine que hemos venido, mi nombre es Bernard de Rahon, creo que habrá oído hablar de mí, le dice que le esperamos en la posada.

Como el joven les había dicho, Gerard se hizo cargo de los animales y les proporcionó una habitación muy soleada en la que entraba mucha luz y estaba muy limpia. Bernard le dijo que esperaba la llegada del padre Antoine y que por si acaso, preparara cena para los tres porque no sabía a qué hora vendría y si llegaba cuando se encontraran cenando él les acompañaría a la mesa.

Hacia las ocho llamaron a la puerta del cuarto, el posadero le comunicó que el sacerdote se encontraba esperándole en la planta baja. Bernard salió del cuarto y bajó las escaleras. Sentado en una silla había un hombre de edad avanzada, llevaba una sotana muy ajustada que le hacía resaltar su oronda figura, el alzacuellos estaba un tanto arrugado pues le oprimía el cuello y constantemente se lo aflojaba con la mano.

               —Cómo no me ha avisado de su visita —dijo el sacerdote.

               —No sabía que día llegaría —dijo Bernard mientras extendía una cédula firmada por el Gran Maestre en la que indicaba que el portador de la misma actuaba en su nombre.

               -Acabo de venir de una reunión con el señor Obispo y se dice que la Orden ha traicionado a la Iglesia y al Rey y que no debemos seguir colaborando con ella.

               —¿Y usted qué opina?

               —No lo sé, es todo tan confuso, por una parte debo obediencia a mis superiores, pero siempre que he necesitado ayuda de la Orden he contado con ella.

               —Pues tiene que definirse, debemos saber con quién contamos ya que queremos que la situación se normalice y debemos saber los recursos y las personas que nos siguen siendo fieles.

               —Cuente conmigo, pero no me pida nada que vaya en contra de mis principios y de mis superiores.

               —Sabe usted que no lo haré, solo deseo poner a buen recaudo los intereses que la Orden tiene distribuidos en las encomiendas, porque son de la Orden y tarde o temprano va a necesitarlo.