—Qué habilidad tienen los perros —comentó Bernard.

—Sin ellos no podría mantener el rebaño agrupado, a veces parecen tontas, van todas juntas, cuando una se despista del camino, las que van detrás de ella la siguen y si no llega a ser por los perros, tendría que estar corriendo todos los días detrás de las que se escapan.

—¿Por dónde queda su pueblo?

—Según siguen el camino, está a poco más de cuatro leguas, tienen que pasar por allí. Cuando lleguen a la plaza junto a la iglesia, no dejen de beber agua de la fuente, es de manantial, todos los que pasan y se detienen a saciar su sed hablan de las virtudes que tiene este manantial.

—Pues eso haremos y de paso llenaremos las cantimploras para tener para el resto del día.

—¿Van muy lejos? —preguntó el joven.

—Hoy seguiremos hasta una o dos horas antes de que anochezca, todos los días salimos después de amanecer y damos por finalizada la jornada antes que el sol se vaya, dependiendo de dónde encontremos un pueblo para descansar.

—Pues después de mi pueblo, que se encuentra a una hora de viaje más o menos, hasta el siguiente, hay unas catorce leguas; o sea, que les quedan unas cuatro horas.

—¿Hay alguna fonda o posada en ese pueblo? —preguntó Marie.

—Sí —dijo el joven —hay una pensión a las afueras del pueblo, tienen que cruzarlo y es una de las últimas casas.

—Pues nos detendremos en ella.

—Un poco de queso —dijo el joven cortando una cuña con su navaja.

—Acabamos de comer —respondió Bernard —muchas gracias.

—Pero seguro que como éste no lo han probado —dijo extendiendo la mano como si no admitiera una negativa.

Bernard tomó los dos trozos que el joven le ofrecía y le dio uno a Marie mientras introducía el otro en su boca.

—Pues sí, está muy bueno.

—Es que es natural, está hecho con estas manos; la leche, ya ve, de lo más natural y grasa que se puede encontrar por aquí. Tome otro pedazo que veo que le ha gustado.