A unos cientos de metros sobresalía la espadaña de la Iglesia de San Pedro, que era el lugar en el que se había establecido la encomienda de ese lugar.

Como ya quedaban pocas horas antes de que el sol se ocultara, decidió descansar un rato antes de cenar, al día siguiente se reuniría con el padre Eustaquio que era el preceptor que tenía la Orden en ese lugar.

A la mañana siguiente, después de desayunar se dirigió hacia la iglesia. Era un hermoso templo en el que había al menos media docena de sacerdotes, celebraban varias misas a lo largo del día y se iban relevando en el adoctrinamiento de los fieles. En el pórtico había un sacerdote de avanzada edad que se encontraba hablando con una feligresa que acababa de salir de misa. Esperó a que terminaran de hablar y cuando el sacerdote se quedó libre, miró a Bernard tratando de recordar de qué conocía a aquel hombre que parecía que deseaba hablar con él.

—Buenos días —dijo Bernard —estoy buscando al padre Eustaquio.

—Pues se encuentra hablando con él —dijo el sacerdote —usted me dirá en qué puedo ayudarle.

—Mi nombre es Bernard, Bernard de Rahon —dijo mientras mostraba el medallón —vengo por orden de mi señor, el Gran Maestre, para poner a salvo los bienes de la Orden que usted se encarga de custodiar.

—¿Cuánto tiempo lleva de viaje?

—Algo más de un mes, salí de Paris y he venido poniendo en orden todas las encomiendas de esta ruta.

—Entonces, ¿no está enterado de las últimas noticias?

—¿A qué noticias se refiere?

El sacerdote se levantó y tomando a Bernard del brazo le llevó hasta un huerto que la iglesia tenía en la parte posterior, donde le gustaba al sacerdote pasar los momentos de meditación de cada jornada.

—Querido amigo —dijo el sacerdote —creo que corren malos tiempos, no sé cuál es el objetivo y las órdenes que usted trae, pero es probable que tenga que alterarlas.

—Mis órdenes son muy concretas, debo regresar a París después de dejar a resguardo las pertenencias de esta encomienda para decirle a mi señor cuál es la situación en la que se encuentran los bienes de la Orden y esperar nuevas instrucciones.

—Me temo que esas órdenes ya no va a recibirlas, la semana pasada su señor y otros caballeros han sido ajusticiados, él fue quemado en la hoguera delante de Notre Dame de Paris.

Agarró con fuerza a Bernard por el brazo, pues la noticia que le acababa de dar hizo que sus piernas se tambalearan y estuvo a punto de caerse.

—Siento haber sido yo quien le haya dado la triste noticia, si le parece, pasemos a la cocina y le sirvo un vaso de licor para que se reconforte.

—¡Ajusticiado! —Murmuró Bernard —no creí que se atrevieran a tanto, después de todo lo que mi señor ha hecho, no es justo.

—Así es amigo, no es justo, los tiempos no son buenos y creo que tendrá que alterar sus planes. Por las cuentas de la encomienda no debe preocuparse, esperaba la visita de alguien para entregárselas. Lo tengo todo oculto por si venía a buscarlo alguien que no fuera su legítimo dueño. Pero ahora creo que lo que debe pensar es en lo que va a hacer, se encuentra en peligro ya que los soldados están buscando todos los resquicios que pueda haber sueltos de la Orden para no dejar rastro de ella.

—¿Y qué podemos hacer?

—Si lo desea, hasta que se calmen las aguas, podemos ocultarle en un monasterio que hay en las cercanías.