—Es que no viajo solo, mi esposa viene conmigo.

—Eso complica más las cosas, pero Dios proveerá. Lo mejor es que regrese junto a su mujer y yo pensaré algo, quédese en la posada hasta que le avise y entonces le diré lo que se me ocurre que podemos hacer.

Al verle entrar por la puerta de la taberna, Marie enseguida se percató de que algo no iba bien, el rostro de su marido estaba contraído y con señales de haber llorado.

—¿Qué ha ocurrido?

—Vamos a la habitación y te lo cuento, ha pasado algo terrible que no me podía esperar.

Una vez en el cuarto, puso al corriente a su mujer de todo lo que el padre Eustaquio le había dicho.

—¿Y qué vamos a hacer? —dijo ella.

—No lo sé, necesito pensar, poner en orden mis ideas y ver las alternativas que tenemos. De todas formas el padre me ha dicho que él también buscará alguna solución a nuestra situación, ya que ahora estamos en peligro y teme por nuestras vidas. Enviará a alguien a buscarnos cuando haya pensado lo que podemos hacer.

Bernard se pasó toda la tarde en el patio de la posada, en ocasiones estaba sentado en un banco, pero enseguida se levantaba y daba vueltas pensando qué era lo que podían hacer a partir de aquel momento en el que también eran unos proscritos.

Hacia las siete de la tarde, un sacerdote joven entró en la posada y preguntó por Bernard, cuando le dijeron donde estaba, se acercó hasta el patio y le dijo que el padre Eustaquio deseaba hablar con él, que debía acompañarle. Bernard dijo que les acompañaría Marie, también a ella le afectaba la decisión que tomaran y siempre había confiado en su buen juicio.

El padre Eustaquio había preparado una frugal cena que compartieron en la cocina mientras el sacerdote buscó las palabras que deseaba expresar.

—He analizado la situación y he hecho algunas gestiones para ver cómo podemos poneros a salvo, a vos, a vuestra esposa y a los bienes de la Orden.

—Los bienes no puedo llevarlos encima, buscaremos un lugar dónde ocultarlos y los dejaremos aquí.

—Como le dije, están a buen recaudo, temiendo que vinieran a por ellos, cuando me enteré de la situación por la que pasaba la Orden, los oculté, desmonté uno de los sillones del coro y están bajo el asiento, allí pasaran desapercibidos, luego le enseño donde se encuentran y si le parece bien los dejamos allí una vez que haya comprobado las cuentas.

—No hace falta, confió en usted, únicamente marcaremos el lugar por si alguien que no sea yo tiene que venir a por ellos.

—Como le dije, hace tres días los soldados del rey pasaron por aquí, ellos saben que usted está supervisando los bienes de la Orden y están siguiendo sus pasos. Cuando me preguntaron les dije que había recogido todos los bienes y que se había marchado dos días antes que ellos llegaran, por lo que cuando dejen de tener pistas de usted, es probable que vuelvan o les esperen por el camino, por lo que creo que lo mejor que pueden hacer es ocultarse como le dije esta mañana.

—¿Y dónde podremos pasar desapercibidos?

—Cerca de aquí hay un monasterio, he hablado con el Abad y está de acuerdo en que pueda permanecer allí el tiempo que sea necesario.

—Pero, ¿y mi mujer? allí ella no podrá estar y no la voy a dejar sola.