Antes de amanecer, Bernard y Marie ya se encontraban junto al grupo de peregrinos que estaban recogiendo las últimas cosas del improvisado campamento que habían montado para pasar la noche. Se encontraban acompañados por el padre Michael, quien después de asegurarse de haberles dejado en buenas manos, regresó a su iglesia donde en poco tiempo comenzarían a llegar los fieles más madrugadores para asistir a la primera misa de la mañana antes de marcharse a hacer las tareas de cada día.

Una vez que el cura les presentó al grupo, Bernard  se puso a su disposición para colaborar en lo que fuera necesario durante los días que estuviesen juntos, hasta que llegaran a las seguras tierras del reino navarro.

Jacques conocía casi todos los oficios que se hacían en una granja, ya que desde que nació estuvo al servicio del señor de las tierras en las que había pasado toda su vida. La penuria que asolaba los campos le había empujado a buscar nuevos horizontes y un buen día se lo propuso a su mujer Martha. Donde se encontraban no había futuro para sus cuatro hijos que pronto comenzarían a emanciparse, antes que pasara más tiempo y la situación fuera agravándose, decidieron marchar hacia el sur en busca de mejor fortuna, llegarían hasta dónde encontraran un lugar que les garantizara una vida más digna que la que tenían hasta entonces.

Su amigo Francoise también se encontraba en una situación muy parecida. Se conocían desde pequeños. A pesar de que éste había aprendido el oficio de zapatero, el trabajo escaseaba, por lo que tampoco veía futuro para sus tres hijas y al conocer el proyecto que Jacques tenía, decidió arriesgarse y compartir el futuro suyo y el de su familia con su amigo.

Las dos familias cogieron todas sus pertenencias y las pusieron en un carro que era arrastrado por dos mulas. Ellos iban caminando, unas veces delante del carro y otras detrás, solo quien se encontraba más cansado o estaba con alguna molestia se subía a lo alto del transporte llevando las riendas de los animales.

Cuando llevaban unos días de camino se les unió Pascal, un tratante de ganado que en compañía de su mujer viajaba en peregrinación hasta Santiago por una promesa que había hecho unos años antes; había considerado que era el momento de cumplir la deuda que contrajo en su día.

—Como ves, somos un grupo sencillo que únicamente deseamos que los días vayan transcurriendo sin complicaciones —dijo Jacques.

—Agradezco que nos permitan ir con ustedes, nos amoldaremos a las costumbres que tengan —comentó Bernard.

—Mejor dejamos los cumplidos y nos tuteamos si te parece, todos en el grupo lo hacemos, resultaría algo raro que nos tratáramos de usted.

—Me parece muy bien —dijo Bernard.