—El pueblo está muy desencantado —le dijo el peregrino —cada vez el hambre es más acuciante y el Rey no hace nada para remediarlo.

—¿Y qué culpa tiene el rey de que no llueva? —comentó otro que escuchaba la conversación.

-Seguro que él no pasa las necesidades que tiene el pueblo.

—Y el que no esté de acuerdo, pues a la hoguera, siempre habrá un motivo para justificar sus actos – dijo el primero.

—Eso, como hizo con los Caballeros de la Orden —le respondió el otro.

—Por ejemplo. Antes eran personas buenas, respetables y honorables hombres de Dios y ahora, sin más ni más, les condenan y a la hoguera.

—Algo malo habrán hecho —respondió una de las mujeres.

—¡Sí!, tener las agallas de decirle las cosas claras al Rey, pero éste no puede soportar que le lleven la contraria y menos que cuestionen su autoridad. El tiempo es ese juez supremo que siempre es implacable y pone a cada uno en su lugar y ni tan siquiera la realeza se librará de su juicio.

Bernard escuchaba atentamente lo que se decía de su señor y de los caballeros que compartieron su misma suerte, pero no quiso intervenir para no levantar sospechas, debía pasar desapercibido y, además, podía haber espías y no debía arriesgarse a ser delatado.

Fue acogido de nuevo al siguiente día, por lo cual vio partir a los peregrinos. Se ofreció a ayudar en las tareas que los monjes estaban realizando, pero debían ir hasta un viñedo que había a algo más de una legua de allí. Contaban con numerosa ayuda de obreros del pueblo que iban directamente a la tierra, por lo que no era imprescindible su ayuda. Además, no sabían a qué hora llegaría el prior, quizá lo hiciera a media mañana  y los monjes no regresarían de su trabajo hasta el mediodía, por lo que se quedó en el hospital y visitó la iglesia; quería ver con detalle y detenimiento todos los capiteles que los canteros habían labrado con gran maestría. Con la calma de quien no tiene ninguna prisa, iba viendo y recreándose con las imágenes que había en cada capitel, se imaginaba lo que el maestro cantero trató de plasmar según las estaba realizando.

Mientras observaba las arcadas que rodeaban el templo, vio avanzar por el sendero a un orondo fraile que iba a lomos de un asno, no le parecía ninguno de los frailes con los que había compartido mesa el día anterior, por lo que se imaginó que era el prior que estaba esperando.

—Buenos días —dijo el recién llegado —es usted peregrino.

—No, me llamo Bernard y estoy esperando al prior Sancho, traigo un mensaje de Rodrigo, el prior de Roncesvalles.

—Mi buen amigo Rodrigo, ¿qué tal se encuentra?, hace mucho que no nos vemos, desde que es tan importante no quiere saber nada de los monjes humildes como yo.

—Pues hace dos días, cuando le deje, se encontraba muy bien, me dio un mensaje para usted.

—Me parece que no será nada urgente, ahora lo que quiero es descansar un poco, estos viajes me matan, luego comeremos juntos y después de comer veremos lo que desea mi amigo Rodrigo.

Acompañó al monje hasta las caballerizas y le ayudó a descender del asno. Bernard se encargó de retirarle la silla, las cinchas y los estribos del animal mientras el monje se aseaba en la fuente.