—Qué ganas tenía de llegar, ya no estoy para estos trotes.

—¿Viene de muy lejos? —preguntó Bernard.

—Unas cuatro o cinco leguas, pero ya no estoy para dejar este lugar, me estoy haciendo muy cómodo. Ahora vamos a ver qué es lo que el hermano nos ha puesto para comer, que estoy muerto de hambre.

Accedieron hasta el refectorio y se sirvió una jarra de vino que fue sorbiendo después de comer una rebanada de pan recién sacado del horno. Pronto fueron llegando los monjes de su trabajo y se fueron sentando a la mesa. Cuando terminaron de comer, mientras los monjes iban a estrujar la uva para dejarla como el día anterior en la bodega, el prior le dijo a Bernard que en la biblioteca podían hablar tranquilamente ya que estarían solos.

Bernard fue a por el pergamino que Rodrigo le había entregado, Sancho comprobó el sello que había sobre el lacre y lo desprendió leyendo con calma su contenido.

Amigo Sancho, el portador de este documento es Bernard, es un hombre de Dios que ha convivido en el monasterio casi un mes, he tenido la oportunidad de conocerle y te puedo asegurar que es un hombre honesto.

Tiene que realizar una misión que él te explicará y te pido que le prestes toda la colaboración que te sea posible.

Tu amigo, Rodrigo

—Usted me dirá en qué puede serle útil este sencillo y anciano monje.

—Mi nombre es Bernard de Rahon, soy amigo y servidor del Gran maestre de la Orden, cuando éste fue detenido, me encomendó que pusiera en orden y a salvo las encomiendas que teníamos en el sur de mi país. Cuando ya tenía todo el trabajo realizado y estaba a punto de regresar a París, me enteré de la ejecución de mi señor, también me dijeron que habían detectado mi presencia y estaban buscándome, por lo que tuve que huir de mi país. Iba con mi esposa, que estaba embarazada, tuvimos que cruzar los Pirineos; y tras cruzarlos se produjo el parto; ella murió en Roncesvalles. He dejado allí a mi hijo, al cuidado de Rodrigo, y voy a seguir visitando las encomiendas que hay en los reinos que tengo por delante. Deseo que me facilite los contactos de las encomiendas que hay en este Reino y, si conoce alguna de Castilla, también me vendría bien tener toda la información y las referencias que fueran posibles.

—Es muy interesante cuanto usted me está contando, creo que el poder llega a corromperlo todo y me parece que en este caso ha ocurrido así. Como el buen amigo Rodrigo, yo solo trato de llevar la palabra de Dios a los que quieren escucharla, lo demás es política, de la cual no entiendo ni quiero entender, pero estamos obligados a implicarnos ante casos como el que usted me expone, aunque solo sea por humanidad y por sentido común.

Como usted sabrá, este lugar dependió de la Orden y en su día se estableció aquí una encomienda. Estamos en un cruce donde los caminos se convierten en uno solo. Éste era el primer lugar donde los peregrinos podían cambiar sus letras y convertirlas en Doblones; pero hace ya años que la Orden se retiró y la custodia de este lugar se cedió a los caballeros de San Juan, que son los que ahora protegen el lugar y a los peregrinos.

—¿Y queda en pie todavía alguna encomienda? —preguntó Bernard.

—Creo que encontrará tres antes de llegar a Castilla, la primera se encuentra cerca, en el monasterio de Iratxe, tiene que hablar con el abad, el hermano Leovigildo, él será quien le dé toda la información que necesite, sus dominios llegan hasta Castilla  y es un hombre de gran influencia.