—Aquí podemos hablar tranquilos —dijo el abad —¿en qué puedo serle útil?

            —Verá —dijo mientras le mostraba el documento que Pedro le había entregado —estoy recorriendo las encomiendas de la Orden. Los sucesos que han ocurrido últimamente tienen desconcertados a nuestros hombres y solo deseo darles información de primera mano para que ellos sepan a qué atenerse.

            —Efectivamente, estamos algo confusos ya que las noticias que tenemos son contradictorias, algunos no podemos creer todavía lo que se ha hecho con los caballeros de la orden, no entendemos de política, pero el tiempo, ese juez inexorable, pondrá a cada uno en su sitio.

            —Pero mientras tanto, debemos ser los hombres que estamos a su cuidado los que lo hagamos —comentó Bernard.

            —La encomienda más cercana es la de Aberin, se encuentra casi a dos leguas de aquí, llegará en poco más de una hora. Pregunte por frey Tomás, que es la persona encargada de todos los asuntos de la Orden.

            —Pues le estoy muy agradecido por la información que me ha proporcionado.

            —Dentro de un rato vamos a comer —dijo el abad —si lo desea puede quedarse y comer con nosotros.

            —Se lo agradezco hermano, pero he almorzado hace una hora y no me entraría nada, además, deseo llegar cuanto antes a la encomienda.

            —Pues tome este camino —dijo señalando uno de los senderos que se veían desde la ventana —y le conducirá hasta Aberin.

            Se despidieron y Bernard reinició su camino. Aunque se encontraba bastante recuperado, al nombrarle el abad la comida, sintió unas ligeras náuseas que con la brisa que hacía se le fueron pasando mientras iba caminando.

            Como le había dicho el abad, en poco más de una hora ya divisaba el poblado de Aberin. Sobre las diseminadas casas sobresalía un recinto cuadrangular con forma de fortaleza amurallada, en las esquinas tenía unos torreones y se imaginó que ese era el lugar al que tendría que dirigirse.

            La encomienda de Aberin, era una de las más importantes que había en el reino, tenía grandes posesiones y recibía muchas donaciones gracias a la riqueza que había en la zona donde se producían todo tipo de cultivos. Los bosques proporcionaban importantes recursos con la madera que producían, también disponía de muchas cabezas de ganado que aumentaban cada año. Dependía del maestre provincial, pero era frey Tomás quien se hacía cargo de todos los asuntos que concernían a la encomienda.

            Al llegar, Bernard preguntó directamente por la persona que le había dicho el abad y dejó las mulas a cargo de unos siervos que se apresuraron a quitarles las alforjas y todo lo que llevaban encima antes de meterlas en las cuadras.

            Frey Tomás era un hombre menudo y muy enjuto, vestía un hábito oscuro. Éste, a su vez, según se acercaba, observó detenidamente a aquel hombre que preguntaba por él, tratando de acordarse de qué lo conocía pues su cara le era totalmente desconocida y no creía haberlo visto nunca anteriormente.

            —¿Preguntaba usted por mí?

            —Vengo de parte de Rodrigo, prior de Roncesvalles, traigo un documento que le dice quién soy y su nombre me lo ha proporcionado el abad Leovigildo. Tomás leyó detenidamente el documento y mientras lo hacía, observó en varias ocasiones al recién llegado apartando su vista del documento y mirándole de arriba abajo. Los tiempos que estaban viviendo le habían hecho ser receloso y sobre todo muy prudente.