—Ese es nuestro destino por hoy —dijo Rodrigo.

—Pero parece un pueblo muy pequeño —respondió Bernard.

—Sí, pero Terradillo es un lugar de nuestra Orden y aquí, además de darnos acogida, estaremos seguros. Depende de la encomienda de Villasirga y nuestros hombres son los que están a cargo de ella.

Nada más llegar, Bernard vio que Rodrigo era respetado por todos los que había en el recinto. Algunos inclinaban su cabeza cuando le saludaban y enseguida se corrió la voz que había llegado y todos salieron a saludarle.

—Bernard, más que mi siervo es mi amigo —dijo Rodrigo al que parecía estar al cargo – cenará con nosotros y dormirá en mi cuarto.

Había una docena de hombres de la Orden, la mayoría eran jóvenes de la edad de Rodrigo. Todos colaboraron para que las pertenencias de los recién llegados estuvieran en uno de los cuartos que les habían asignado; los animales se encontraban en las caballerizas descansando de la dura jornada y alimentándose con el grano y la paja que les habían puesto en los pesebres.

Se sentaron alrededor de una gran mesa en un cuarto apartado de donde estaban los peregrinos que habían llegado hasta allí. La cena ya estaba preparada, por lo que mientras tomaban unos vasos de vino, uno de los hombres fue sirviendo unos cuencos de barro con la cena que les habían preparado.

—¿Qué novedades tenemos? —preguntó el que parecía que estaba al cargo de aquel lugar.

—Las noticias no son muy buenas —afirmó Rodrigo —cada vez son más confusas y parece que ya no somos tan bien vistos como antes.

—Pero, ¿se sabe algo de lo que piensa nuestro Rey? —preguntó el que parecía más mayor.

—De momento nuestro señor se sigue manteniendo firme en su postura, la Orden le ha apoyado siempre y no quiere tomar represalias. Pero en otros reinos ya se está deteniendo a nuestros compañeros, es solo cuestión de tiempo que todos hagan lo mismo.

—¿Y que vamos a hacer? —preguntó el primero.

—Seguir actuando como siempre lo hemos hecho y aguantar; no nos queda más remedio. Ya vendrán tiempos mejores que pongan a cada uno en su sitio —dijo Rodrigo —nosotros hemos hecho un juramento y yo, como caballero que soy, me moriré antes de incumplirlo.

Todos asintieron diciendo que ellos harían lo mismo y que defenderían con su vida aquello que representaba su forma de vivir ya que todos habían jurado defender las reglas de la Orden y lo harían con todas las consecuencias.

Bernard permanecía atento a las muestras de lealtad hacia la orden, pero no quiso intervenir, había muchas personas en aquella sala y aunque todos le parecían leales, debía seguir guardando su anonimato, aunque pensó que Rodrigo sí debería saber algo, al menos por lealtad pues le consideraba una persona de honor. No solo por las cosas que le habían comentado de él sino por lo que había visto en el día que llevaban juntos.

Cuando fueron al cuarto, Bernard se sentó en su cama y antes de acostarse, mirando fijamente a los ojos de Rodrigo, Bernard le dijo:

—¿Te han dicho quién soy?

—No, cuando me dieron la orden de protegerte únicamente me indicaron que era deseo de nuestro maestro que llegaras sin contratiempos a Ponferrada, eso para mí es suficiente y no necesito saber nada más.

—Pero, yo creo que debo decírtelo, estás arriesgando tu vida por mí y creo que es justo que sepas al menos por qué lo estás haciendo.