Por la mañana todos se levantaron con mayores ojeras que las que tenían otros días y nadie se atrevió a hacer ningún comentario ya que sabían lo que había ocasionado aquella situación en la que se encontraban.

Como imaginó que se levantarían en esas condiciones, Elvira había encargado a los criados que prepararan un buen desayuno para que los que iban a seguir el viaje, contaran con las fuerzas necesarias para hacerlo en condiciones.

Partirían únicamente Roberto, Ordoño y Bernard, no era necesario que Rodrigo les acompañara porque ahora serían los caballeros que habitualmente acompañaban al maestre los que les ofrecieran su protección; eran cuatro caballeros de la orden que se habían quedado a dormir en la gran casa  de la orden a la que Rodrigo llevó el primer día a Bernard.

Se despidieron efusivamente y Bernard les dijo a sus amigos que volvería a visitarlos, bien cuando le confirmaran lo que tenía que hacer o cuando regresara en busca de su hijo.

Tenían dos opciones para llegar desde allí hasta Ponferrada, bien a través de los montes, que era el camino más directo, o por un lugar más llano que era algo más largo.

Como el tiempo era bueno y los días comenzaban a ser algo más largos, decidieron ir hasta la ciudad de Astorga y luego ascenderían el alto del Irago para descender por las empinadas cuestas que les llevarían al centro donde se encontraba su poder.

Durante el viaje, Bernard fue la mayor parte del tiempo caminando al lado del maestre y detrás de ellos iba Ordoño acompañado de los cuatro caballeros que les iban custodiando.

El terreno era bastante llano y avanzada la tarde llegaron a Astorga donde se dirigieron directamente hasta una gran mansión en la que les dieron acogida. Al parecer se trataba de la residencia de otro de los caballeros de la orden, aunque Bernard permaneció poco tiempo en la casa ya que nada más alojarse salió a dar una vuelta con Ordoño para conocer la ciudad. Roberto tenía que solucionar algunas cosas y reunirse con varias personas con las que era necesario que hablara y quedaron en encontrarse de nuevo para cenar.

Ordoño le resultó una persona muy agradable, aunque era muy callado daba la impresión que era muy sensato y las pocas palabras que decía coincidían con el pensamiento de Bernard.

Le habló de las posesiones que la Orden tenía en Ponferrada y le detalló con mucho entusiasmo la fortaleza en la que iba a alojarse cuando llegara, que era el centro del poder de la orden en todo el Reino, lo hacía con tanta vehemencia que Bernard pensó por algunos momentos que Ordoño exageraba en exceso.

A la hora convenida regresaron a la casa donde ya les estaban esperando para cenar, además del maestre, se encontraban media docena de caballeros más, los que habían venido protegiéndoles cenaron en otra estancia con las personas de la casa.