No recordaba un descenso tan pronunciado como aquél. Aunque el paisaje era muy hermoso, las enormes dificultades que tenía para superarlo apenas le dejaron contemplarlo como él deseaba. La vegetación era abundante y en alguna ocasión debieron superar los innumerables arroyos que se formaban con el deshielo de la nieve que había en las cumbres. El agua, con una fuerza impresionante, solía arrastrar enormes piedras que se depositaban en medio del camino y debían sortearlas constantemente.

Cuando llegaron a la parte más baja de la montaña, tras atravesar un caudaloso río, entraron en una taberna en la que comieron y de paso descansaron ellos y sus monturas.

—Ya solo nos queda poco más de una hora para llegar —dijo Roberto.

—El camino ha resultado mucho más difícil de lo que pensaba – comentó Bernard.

—Pues ahora está en muy buenas condiciones, cuando se hace intransitable es en los días fríos de invierno en que la nieve llega a alcanzar en algunos lugares los dos metros, en esas situaciones es imposible desplazarse por el.

—Entonces, ¿los peregrinos tampoco pasan durante ese tiempo? —preguntó Bernard.

—Algunos se atreven a venir por aquí y en muchas ocasiones tenemos conocimiento de personas que fallecen en el intento o quedan con secuelas muy graves por la congelación de sus miembros —dijo Roberto —aunque la mayoría optan por el otro camino, que aunque es más largo, una o dos jornadas más, no ofrece las penurias que encuentran en éste.

Se alimentaron muy bien con productos que se elaboraban en estas tierras y ninguno de ellos tenía muchas ganas de levantarse a pesar de que se encontraban solo a unas leguas de su destino final al que todos deseaban llegar; pero el cansancio que tenían en sus cuerpos no les animaba a levantarse de las sillas.

Como le había dicho Roberto, en poco más de una hora ya estaban entrando en las calles del pueblo, parecía un lugar emergente. Las ricas tierras que habían dejado atrás eran muy buenas para producir excelentes cosechas y se notaba en las construcciones que veían que el lugar era floreciente.

Cuando estaban llegando a la fortaleza de la orden, Bernard apenas pudo articular palabra, se quedó impresionado de la construcción que tenía delante de él. Cuando Ordoño le habló del castillo, pensó que le había exagerado en exceso, pero ahora al contemplarlo a unos metros, quizá se hubiera quedado un poco corto.

—¿Qué te parece? —Preguntó Ordoño —es como te lo describí.

—Creo que esto no se puede describir, es impresionante, no solo los torreones que son majestuosos, sino que la amplitud que tiene en el interior, en muy pocas ocasiones había visto algo igual —dijo Bernard.

—Es el orgullo de nuestra Orden – exclamó Roberto —todos los que lo contemplan por primera vez, tienen las mismas sensaciones que estás teniendo tú.

Por un puente levadizo custodiado por caballeros de la orden, accedieron al interior donde se agolpaba toda la guarnición, la mayoría de los cuales estaban atendiendo y cuidando a sus animales en las caballerizas que tenían en el recinto.

—Ordoño se encargará de alojarte y te indicará dónde se encuentra cada cosa que puedas necesitar en el interior del castillo y si te parece, mañana a las nueve vienes a mi despacho porque me gustaría hablar contigo —propuso Roberto.