—Allí estaré —dijo Bernard.

Lo primero que hicieron fue llevar la yegua a una de las cuadras en la que los que estaban a cargo de ella atendieron enseguida al animal al que quitaron la silla y los correajes y le pusieron abundante paja y cebada en uno de los pesebres.

Cogieron todas las pertenencias de Bernard y fueron a uno de los laterales del castillo en el que tenían habilitadas unas estancias para las personas que se encontraban allí. Subieron hasta la primera planta y Ordoño le asignó un cuarto aireado que contaba con una cama, una mesa y unas estanterías.

—Por fin voy a poder dejar ordenadas las cosas que traigo, hasta ahora lo único que he podido hacer era mantenerlas en los baúles para que no se extraviara nada, pero han pasado muchos días sin ver si el contenido que traía seguía en su interior.

Ordoño le comentó dónde se encontraba cada una de las dependencias que había en el castillo, además de las caballerizas, había una taberna en la que se solían reunir los residentes de la fortaleza, una herrería y contaban también con un barbero. Si necesitaba cualquier otra cosa, nada más salir del castillo, había algunos comerciantes que podían proveerle de todo lo que necesitara.

Le dijo que cualquier cosa que necesitara, no dudara en decirle a la primera persona que se encontrara que le llamara y acudiría en el momento que le dieran el recado.

—Anda, vete ya que tendrás ganas de ver a tu familia —dijo Bernard —por mí no tienes que preocuparte que yo me sabré arreglar muy bien.

—Bueno, pues mañana, media hora antes de la reunión con el maestre, paso a recogerte y te acompaño hasta su despacho.

Se despidieron y Bernard fue sacando de los baúles que llevaba algunas cosas que fue disponiendo en las estanterías que había en el cuarto. De esa forma se aireaban un poco y las prendas de vestir se estiraban, aunque la mayoría necesitaba un buen lavado que buscaría la forma de dárselo al día siguiente.

Decidió acercarse hasta la cantina, no tenía hambre, pero así al menos se iría relacionando con las personas con las que tendría que convivir algunos días.

Ante la llegada de un extraño, todos miraron hacia Bernard cuando entró en el local, pero enseguida siguieron con sus temas de conversación.

El posadero le ofreció alguna cosa para comer, pero Bernard le dijo que solo quería una jarra de vino, apenas tenía hambre aunque sí probó algunas cerezas que había en una fuente que se encontraba sobre la mesa.

—Son de una señora que tiene una huerta con cerezos y todos los días nos trae una fuente —dijo el posadero.

—Están muy jugosas —comentó Bernard —mientras se llevaba un par a la boca.

—Estamos en plena temporada y ahora los árboles están plagados de fruta y es cuando más rica sabe.

Bebió solo dos vasos de vino y salió de nuevo al patio, quería que el aire fresco que venía de la montaña le golpeara en su rostro y deseaba sentir la humedad que procedía del río que se encontraba a los pies de la fortaleza. Como estaba muy cansado porque la jornada había sido excesivamente dura, se retiró muy pronto a su cuarto, así podría descansar y estar en condiciones para cuando mañana se reuniera con el maestre. Le daría el informe de todo lo que había hecho desde que salió de París y tenía curiosidad por saber en qué podían necesitarlo.

Aunque deseaba tanto dar por terminada su misión y regresar junto a su pequeño que algo en su interior le decía que eso no iba a ser posible por el momento.

No dejaba de dar vuelas a lo que le había dicho el maestre, ¿qué era lo que podía necesitar de él para haberlo comentado delante de otras personas y retenerle más tiempo?

Decidió no pensar más en ello y se acostó en la cama, enseguida sintió el alivio de encontrarse extendido, pero no podía conciliar el sueño; eran tantos los recuerdos que se agolpaban en su mente. Desde que salió de Roncesvalles su objetivo era ponerse a salvo, poner a salvo a su hijo y llegar hasta el lugar en el que ahora se encontraba. Ya lo había conseguido y ahora trataba de ordenar sus ideas pensando únicamente cuál sería su destino futuro y sobre todo dónde y con quien lo pasaría, porque ya había descartado la idea de regresar a su país porque no deseaba poner en peligro la vida de su hijo.

Fin del capítulo XXVII