A la hora que el maestre le había convocado, Bernard se encontraba en la puerta de su despacho en las dependencias del castillo. Iba acompañado por Ordoño que se encargó de franquearle sin dificultad los controles que había para acceder hasta allí.

Una vez en la puerta esperó a ser llamado por Roberto y entró con Ordoño en el interior de la estancia. El cuarto era amplio pero austero. En la pared de la derecha había una estantería de madera en la que se apilaban algunos libros y pergaminos sin un orden aparente. En la pared de enfrente había colgado un pendón con símbolos de la Orden y unos metros antes destacaba una gran mesa de madera con varias sillas a su alrededor.

Roberto, en lugar de sentarse en su silla forrada de cuero que se encontraba entre la mesa y la pared, se sentó en una silla que había delante de ella y le ofreció a Bernard la que se encontraba a su lado para estar más cerca de él.

Comenzó a hablar de forma muy pausada aunque lo hacía con un tono muy grave y enérgico como era su costumbre.

—No hace falta que te diga lo delicado de nuestra situación en los últimos años, tú seguramente lo sabes mucho mejor que nadie, porque en tu viaje has estado viendo la evolución que está teniendo nuestro permanente acoso, que entre otras cosas te ha obligado a emigrar de tu país, porque si no lo hubieras hecho, es posible que a estas horas estuvieras ya muerto.

Cuando el Gran Maestre te confió la misión a la que te has dedicado los últimos meses y que te ha traído hasta nosotros, era porque confiaba en ti, en tu criterio y tu sentido común para afrontar las vicisitudes que se te pudieran presentar.

—Mi señor —dijo Bernard —era una persona muy honesta que nunca causó mal a nadie y no se merecía el final que ha tenido. Creo que me encomendó esta misión porque sabía muy bien como iba a responderle, ya que nos conocíamos desde que éramos niños y crecimos juntos, pero también lo hizo para protegerme pues él sabía lo que se avecinaba y quiso salvar mi vida.

—Pues lo que él vio en ti, también he podido observarlo yo —dijo Roberto. -Cuando vi cómo en Villasirga te hacías cargo de los bienes de la Orden para ponerlos a buen recaudo y que lo dejabas todo en el mismo lugar en vez de llevártelo, me dio mucho en que pensar, me pareció buena por lo original y sencilla que es.

—Lo he venido haciendo de esta forma porque creo que es lo mejor para que los bienes sigan para siempre en nuestro poder y estén protegidos, creo que si voy transportando los recursos de las encomiendas que he visitado y los concentro en un solo lugar, si caen en manos de nuestros enemigos se perdería todo. De esta forma, aunque perdamos alguna de las propiedades, siempre nos quedará el resto. —Eso es lo que más me gusta de tu plan. He mantenido varias reuniones con los caballeros de la orden, a los que les tengo que mantener informados de cómo van evolucionando los acontecimientos y de mi impresión sobre lo que creo que va a pasar.