Ellos son los que me asesoran, la mayoría son partidarios de concentrar todos nuestros bienes en esta fortaleza y si tratan de arrebatárnoslos defenderlos hasta el final. Pero sé que si caemos, se perderá todo, por eso tu plan me parece bastante mejor.

—De todas formas, no es perfecto, tiene también alguna laguna —dijo Bernard —yo he confiado en los preceptores de cada lugar, solo los dos estamos al corriente de nuestro secreto y siempre corro el riesgo de que alguno de ellos pueda cometer la indiscreción de comentarlo con otras personas, aunque tengo plena confianza en la gente con la que he estado.

—Se podría solucionar ese problema si los preceptores no supieran el lugar donde se esconden los bienes —dijo Roberto.

—También lo he meditado, sería una opción que no he llegado a descartar en alguna ocasión, pero si la idea es dejarlos en las encomiendas, los preceptores son los que conocen todos los rincones mejor que nadie y siempre sabrán cuál es el lugar en el que pueden pasar más desapercibidos y en ocasiones lo que debemos ocultar es bastante voluminoso. Creo que son hombres de honor y si hemos confiado en ellos en los momentos de esplendor, también considero que en las situaciones más comprometidas estarán a nuestro lado de forma incondicional.

—También yo opino lo mismo, creo que debemos confiar en nuestros hombres, ellos sabrán estar a la altura de las circunstancias —aseguró Roberto —solo necesito una persona de confianza que pueda encargarse de organizar todo y creo que no hay nadie en estos momentos más capacitado que tú para hacerlo. Además, Rodrigo me ha comentado que tu esposa falleció y como no puedes por el momento volver a tu país, podrías pensar en establecerte en estas tierras.

—Bueno, esperaba poder ir algún día a recoger a mi hijo, cuando se terminara todo, para comenzar una nueva vida junto a él —dijo Bernard.

—No sabía que tuvieras un hijo, no me habían dicho nada —comentó Roberto.

—Casi no lo conozco ni yo, nació en lo alto de los Pirineos y estuvo a punto de fallecer como su madre, pero de milagro logró salvarse y los monjes de Roncesvalles se han hecho cargo de él hasta que yo regrese a recogerlo – aseguró Bernard.

—Entonces no me queda otra opción que dejar la propuesta que te he hecho a tu criterio —dijo el maestre —no puedo obligarte a que sigas arriesgándote después de todo lo que has pasado en el último año.

—Como te dije, si me necesitas no puedo eludir la responsabilidad que adquirí en la prisión de París ante mi señor y su voluntad es para mí sagrada, por lo que puedes contar conmigo para lo que dispongas.

—Me alegra escuchar lo que me estás diciendo y sobre todo tu ofrecimiento incondicional. Quiero que me digas lo que necesitas para hacer lo mismo en las encomiendas de nuestro Reino, te proporcionaré todo lo que necesites para que puedas cumplir libremente  y con garantías tu cometido.

—¿Quiénes estaríamos al corriente de mi misión? —preguntó Bernard.

—Solo tú y yo; y si tú lo deseas, aquellos hombres que necesites para que te acompañen en tu cometido, haríamos una buena selección de los que son más leales —dijo Roberto.

—¿Cada cuánto tiempo tendría que informarle de los resultados que estoy obteniendo?